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sábado, septiembre 20, 2008

Estaciones

Rebuscando en el baúl de los recuerdos, encuentro fotos y escritos que admiraba y claro que no me he podido resistir, echarle una ojeada y de paso publicarlo para compartirlo con todos vosotros. Sí, son poemas y qué mejor que del otoño que ahora nos visita; aunque tengo los de otras estaciones, aquí sólo publicaré el último de verano y los 5 de otoño (la obra contiene 5 poemas de cada estación). Obviamente hay simbolismos en los poemas, no es sólo describir cada fecha. Ya sé que no son grandes poemas, pero es lo que hacía cuando me aburría hace ahora 3 años justos. Espero que os gusten.


----E S T A C I O N E S----


5º poema del ESTÍO


Pude sentir una hoja abatirse
no más allá de tus horas decrépitas
junto a mi dúctil piel,
áspera y encendida
por tu tórrido resuello.
La caracola
no disonaba y evocaba a antaño,
a cuando tus profundas
amapolas mecidas
por vientos ignorados
se sosegaban
en el canto nocturno
de la cigarra.
El rugir de mis olas
se hizo espuma
cansada en la mañana.
Las cenizas en el mar ya no estaban,
y hojas volaban
con la exacta certeza
de haber sido besadas
por bríos del estío.
Y sólo las hojas vienen conmigo,
desconsoladas,
habiendo luz.
Ahora, cuando emigran las gaviotas.
Cuando nadie es capaz
de descifrar tu excelsa,
calurosa y extrema lejanía.






Sólo bordes encuentro. Sólo el filo de voz que en mí
quedara.
Como un alga tus besos.
Mágicos en la luz, pues muertos tornan.
Vicente Aleixandre.


OTOÑO




Te has vestido con un abrigo de hojas.
Pasan las horas,
y más fría es tu piel
que se hiere en el tiempo
de la mustia hojarasca.
Tú también eres triste
y ni tan siquiera hablas
temerosa a la noche
que se derrama
en un suspiro
del tuyo, tu silencio.
Pasan las horas,
tu piel, vencida,
helada por la ausencia,
por la caída
de hojas que se convierten
en lágrimas de escarcha
como tus ojos cuando tienen frío.
Y es el silencio
el que lo ensordece todo, el tiempo,
la noche, la mañana,
el estremecimiento
de las hojas del pino.
Y tú, triste, ignorante
de que el primer beso
lleva ya una existencia
acechando tu auxilio,
besando suavemente
tu lomo flameante
y buscando tus labios
como los busco yo.




Olvidaste despedirte de mí
y al igual que las aves migratorias
(aves que dejan dulzores de pico
y la congoja
en la levedad de las horas
que te merodeaban)
dejaste un vestigio de tu insistente
movimiento de alas con aire fresco.
Contigo era fácil pasar el tiempo
y a más tiempo, el dolor
de buscar el refugio
en hogares templados
que un día se perdieron.
Qué fácil es,
sí, mas cada mañana
cuando te busco
más lejana te siento,
en más hondura,
cada vez más cerca del horizonte.
No sé si es por suerte o por desgracia
mas queda aún tu aliento,
el grato silbar de tu caballera,
la idea y la rareza
de que a veces te cruzas ante mí
y nunca te despides.




Cuando te veo,
los pájaros van por la superficie
huyendo de algo.
Todavía la fruta
duerme recóndita
en la inexistencia.
Las ramas desoladas.
En forma de aguacero se adelanta
la oscuridad
y espeluznante, la luna reposa
en un sueño glacial.
Se han caído las nubes
de un ignorado cielo.
Tu piel caída, tus ojos caídos,
tu savia enquistada
en el dulzor salubre de los ríos
que encuentran sólo huesos de los olmos.
Cuando eres el presente
y te veo, eres bella, y eres pura
y haces caer mis párpados
y hasta me haces soñar
que aún retozan
tus cabellos al aire, su espesura.




Un manto de calima me pareces;
me es difícil hender
tu confidente piel que se resiste.
Qué signos habrán tras tu superficie,
qué venturas de la naturaleza
son reconocidos invulnerables.
No es así cómo un cielo
puede ampararte,
no podrá la fluidez de los ríos
concederte un gran barco
que te lleve a lo bello,
a lo desconocido
más allá de tus horas,
más allá de cuando desaparece
tu escudo traslúcido y pesaroso,
en tanto nacen
frías pinceladas del corazón
de Octubre,
sangre que apresura aquellos colores
que ignoras, por instantes,
que te embellecen.




A veces lloras,
y no hay peor consuelo
que ocultarme en el pasar de las horas
con la extrañeza
que poseen las flores
de verse infecundas en su letargo.
A veces tu llanto cargado de olas
desemboca en las costas
deshabitadas.
Nunca a deshora,
siempre vaticinados
se inundan tus ojos descomunales;
nunca sabré el porqué de tus mañanas,
las trémulas persianas
siempre vencidas;
no saber, triste,
tu obediencia a la vida;
por qué ese aguacero de mi refugio.
No tengo la tibieza
que evapore tus lluvias,
ni sabré jamás por qué siempre lloras.
Es difícil que admita
el porqué como tú.