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miércoles, septiembre 10, 2008

Más blanco no se puede
Este papel blanco para tí,
que no se haga nieve.

Regreso de mi escondite y esperando dar en el blanco con este post, me gustaría hablar de ese color que nos persigue desde la cuna siendo bebé, donde ya se perciben esos valores que nos guiarán en el camino de la supervivencia bajo la fina blancura de la sábana: fuerza, alegría, optimismo, tranquilidad y mucho amor que iremos comprendiendo a golpe de minutos que tienen los días de calendarios que presumen de mejores pilas que las de duracell: es la vida.
Con un blanco vaso de leche, encendíamos el interruptor del día. En la blacura de los cuadernos de rayas del colegio empezamos a leerla, borramos lo innecesario de ella con la goma blanca y recordamos clarividentes recreos en las albas pero a la vez sucias paredes del patio. Deleitábamos con nuestra vista el blanco nuevo de los zapatos deportivos que, fuera cual fuese el precio, nos ilusionaban y sufríamos, no obstante, sus primeros churretes.
El blanco de la cal, de las calles incenciadas de la elegancia en la indumentaria de la cal, de la belleza antigua que protegían las agrietadas moradas. El blanco que lleva en Semana Santa el nazareno de San Pedro de Carmona, el blanco del azahar del estío. El color de mi primer coche.
El blanco de los cabellos de ángel de las estrellas en noches contigo, el traje de gala de la fiesta de nuestros azucarados besos: la luna llena, blanca piedra que ilumina nuestros minutos de oscuridad. Oscuridad que es blanca contigo. Desnudez que en la noche es blanca si es la tuya, donde me quedo en blanco con tu piel de secretos y la suavidad de tus abrazos. Abrazos que se convierten en fuertes, como fuertes tus albos dientes, la clara transparencia en lo claro de tus ojos...