A los padres
Cuando esa cosa abre los ojos, tan presurosos ellos a ver la vida del color que aún no conoce la razón, ahí está enfrente, con una sonrisa inmensa aguarda emocionado cualquier gesto, cualquier pucherito que haga su niño pequeño. Es una cosa pequeña que busca jugar con el aire y desafía a la gravedad mediante pasos fracasados. Enfrente él, su padre, que lo coge en brazos con miedo y delicadeza, el hombre de la lágrima invisible que ahora casi llora cataratas de agua cristalina cuando ve a su niño mover esos brazos, esas piernecitas que se cruzan, esos ojos que abiertos van a parar, poco a poco y velózmente, a la casa del sueño. El mismo que sufre los llantos desconsolados que su pequeño fabrica en la fábrica de los sentimientos de la empresa llamada noche. Sin tener uso de la razón aún, !cuánta razón hay en el llanto de un pequeño, cuánta levedad en la delicadeza de un bebé! Y su padre ahí, privándose de escapadas con amigos para estar con su hermoso muñeco que cobró vida del vientre de mamá. Cambiando pañales hasta con gusto, dándole el bibi meciéndolo en sus brazos de algodón, aguardando la nota perfecta de sus flatos, cantándole una nana de callos hermosos, bromeando con sus quejas y miradas, con sus mofletes globo que a punto de reventar están, acariciándolo con la yema de uno de sus dedos. Sacándolo al parque en un día de sol llamado primavera. Besando ese pequeño puño que se cierra y se abre como si unas castañuelas tocase. Está su padre cuidándolo, el que aprendió que en esta vida todo se aprende. Está y seguirá, en la noche silenciosa, hoy que duerme y no se despierta en la profundidad de las horas, ese padre ahí, en la cama vacía, pero tan llena ahora de fuerzas y ánimos que le brotan tras el túnel oscuro de su cabeza de la luz donde surge el futuro.
Él, hoy que se acuerda de su madre que ya no está.




