Si el torero fuese el toro...
Como si hubiese sido el legendario matador Manolete el que cayera en el albero de la plaza taurina de Linares, Jaen, el que cae ahora, como casi siempre, es ese animal furioso llorón y cornigacho que echaba humo enardecido por su nariz en los prolegómenos de la lucha a muerte entre el toro y su lidiador y sangre por todo su capa azabache en el desaliento de la corrida. Sangre que dá que pensar porque si esta España en la que vivimos decide mantener la fiesta nacional más viva de lo que es, es triste, porque donde se matan animales de forma cruel, vil y desmesurada nada es bienvenido. Y que no me vengan con que la caza mayor o menor es lo mismo, porque ni dependemos en la pirámide alimenticia de la carne del toro, ni a otros animales les hacen morir previamente haciéndole juegos, mofándose de su furia y clavándole estacas que lo hacen delirar antes de cerrar totalmente esos ojos cristalinos que buscaban ya débiles la misma puerta por la que entró en el ruedo.
Y si a España se la identifica con el símbolo del toro, pues es más grave, porque los toros no somos nosotros, y de toreros tenemos poco; un torero, para mí, es aquél que da capotazos a los problemas del día, el que se enfrenta cara a cara a la muerte a la ganadería de las enfermedades, el que le dá una estocada a lo que no queremos ser o tener. El que le echa dos cojones a la vida y no a un toro. El que recibe una pañolada blanca de su familia y de sus amigos, el que vive sin matar y muere sin ser matado. El que no le pone barreras ni burladero a la gente que quiere ni a las propuestas complicadas.
Hoy puede que Manolete estuviese aún vivo, Juan Belmonte habría vivido más, Paquirri quizá también estaría entre nosotros. Pero bueno, son unos valientes, unos toreros, unos héroes...¿de qué? ¿No sería mejor una marcha fúnebre en las plazas de toros antes de melodiar notas de pasodobles alegres?
Mejor sentar cátedra en este asunto y esperar salir por la puerta grande de la vida.




