Espejito, espejito, ¿tan feo somos?
cuando despertamos de ese carnaval de juergas, descanso y excesos llamado fin de semana con los ojos aún en el país del vetetúasaberdónde nos dirigimos, acordándonos de la madre del despertador, al aseo donde nos espera, con cara de mala leche para darnos los buenos días, ese objeto reflejante que tanto odia el Conde Drácula: el espejo. Hacemos malabarismos con la toalla humedecida para acceder al fondo de la cavidad del ojo, nos pasamos agua fresquita por toda la faz y repasamos que tanto las orejas, como la nariz, boca y pelos estén en su sitio. Como no hay gallo que nos ayude a despertarnos y así moldear la voz, llamamos subconscientemente mediante ultratumba a nuestras cuerdas vocales para que regresen a la tierra. Una vez regresadas, la voz sigue siendo ultratumba y nos preocupamos si fue demasiada fiesta, si gritamos mucho animando a nuestro equipo de fútbol o es que, simplemente, nos estamos haciendo viejos. A veces hasta tenemos dos calcetines diferentes puestos haciéndonos pensar si Punkie Bruster, aquella chica de la serie infantil que tenía colores diferentes en calcetines y botas, tendría más estilo que nosotros de espinilla para abajo. Otras nos damos golpes tontos, nos vamos a trabajar olvidándosenos algo y luchamos a contrarreloj para que la nuestra salida partiendo de la puerta de casa sea minuto más, minuto menos que el día anterior y no más para así llegar a tiempo a nuestro espacio de trabajo.
Es lo que normalmente hacemos las personas del montón, cada cual a su espejo y una vez en él, (sí, también hay algo de tiempo a esa horas...) casi sin necesidad de abrir los ojos escocidos, mirarnos y traspasar lo físico para preguntarnos si somos buenas personas, si nos falta algo, si nos equivocamos en algo, si es bueno escuchar críticas que te duelan y también darlas. El problema es la gente que quiere levantarse un día y meterse desde su propia casa y frente a su propio sucio espejo en la de otro y en el de otro y eso es grave pues teniéndote enfrente ignoras tu escala de personalidad y humanidad y empiezas a ensuciar la de otros, de alterar lo que está, bien o mal, en su sitio.
Mientras que aún me sacaba una legaña que daría de comer un mes entero a una tropa de hormigas me respondí a mi mismo que sí, que hay que ser autocrítico y mejorar en todo, absolutamente todo, hasta en lo que mejor hagamos, en las mejores virtudes, evitar ser cruel con los demás a sabiendas de que para hacer una fachada antes hay que formar el cimiento, la base que eres tú y paliar lo malo que tengamos animándonos a mejorarlo.
Y entonces me fui a desayunar no sin antes asegurarme que el espejo, en toda su extensión, estaba limpio... pero siempre hay chispas que limpiar.





6 comentarios:
Genial artículo David. Me ha gustado como has hablado sobre el momento mas infravalorado, intimo y horrible de cada ser humano. Ese al que muchas mujeres le tienen pavor, a los que nos sobran unos kilitos intentamos engañar metiendo barriga, y el que nos da el visto bueno antes de salir de casa.
Enhorabuena, me ha encantado.
Pues gracias, Paco. Sí, este objeto es lo que tiene.
Te lo digo también por aquí, felicidades por tu programa en Punto Radio!
Un saludo!.
Buen blog ;).
Muchas gracias, anónimo (espero que no seas el creador del Lazarillo de Tormes, jeje) y espero que sigas entrando por este rincón. ;)
Un saludo!
Pues no sé yo si con todos los afeites que usáis los jovenes se podrá mantener el espejo limpio:):):)
Es cierto lo que dices y me llama la atención que pienses así de sensatamente a tu edad y te felicito por ello.
Bastante tenemos que limpiar en nuestros propios espejos como para buscar telarañas en los de otro.
Un abrazo
Más sensata eres tú, Trini, por pensar que es sensato, jeje. Así que a limpiar todos nuestras gotitas de la toalla, salpicones del afeitado y demás y como dice el dicho: cada uno en su cuarto de baño y Dios en el de tós. jeje.
Un saludo!
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